Demócrito y los átomos
Demócrito y los átomos
Le llamaban el «filósofo risueño» por su eterna y amarga sonrisa ante la
necedad humana.
Su nombre era Demócrito y nació hacia el año 470 a. C. en la ciudad griega de
Abdera. Sus conciudadanos puede que tomaran esa actitud suya por síntoma de
locura, porque dice la leyenda que le tenían por lunático y que llegaron a recabar la
ayuda de doctores para que le curaran.
Demócrito parecía albergar, desde luego, ideas muy peregrinas. Le
preocupaba, por ejemplo, hasta dónde se podía dividir una gota de agua. Uno podía
ir obteniendo gotas cada vez más pequeñas hasta casi perderlas de vista. Pero
¿había algún límite? ¿Se llegaba alguna vez hasta un punto en que fuese imposible
seguir dividiendo?
¿El final de la escisión?
Leucipo, maestro de Demócrito, había intuido que esa escisión tenía un límite.
Demócrito hizo suya esta idea y anunció finalmente su convicción de que cualquier
sustancia podía dividirse hasta allí y no más. El trozo más pequeño o partícula de
cualquier clase de sustancia era indivisible, y a esa partícula mínima la llamó
átomos, que en griego quiere decir «indivisible». Según Demócrito, el universo
estaba constituido por esas partículas diminutas e indivisibles. En el universo no
había otra cosa que partículas y espacio vacío entre ellas.
Según él, había distintos tipos de partículas que, al combinarse en diferentes
ordenaciones, formaban las diversas sustancias. Si la sustancia hierro se aherrumbraba
—es decir, se convertía en la sustancia herrumbre— era porque las distintas
clases de partículas que había en el hierro se reordenaban. Si el mineral se
convertía en cobre, otro tanto de lo mismo; e igual para la madera al arder y
convertirse en ceniza.
La mayoría de los filósofos griegos se rieron de Demócrito. ¿Cómo iba a existir
algo que fuera indivisible? Cualquier partícula, o bien ocupaba espacio, o no lo
ocupaba. En el primer caso tenía que dejarse escindir, y cada una de las nuevas
partículas ocuparía menos espacio que la original. Y en el segundo caso, si era
indivisible, no podía ocupar espacio, por lo cual no era nada; y las sustancias ¿cómo
podían estar hechas de la nada?
En cualquier caso, dictaminaron los filósofos, la idea del átomos era absurda.
No es extraño que las gentes miraran a Demócrito de reojo y pensaran que estaba
loco. Ni siquiera juzgaron conveniente confeccionar, muchos ejemplares de sus
escritos. Demócrito escribió más de setenta obras; ninguna se conserva.
Hubo algunos filósofos, para ser exactos, en quienes sí prendió la idea de las
partículas indivisibles. Uno de ellos fue Epicuro, otro filósofo, que fundó una escuela
en Atenas, en el año 306 a. C, casi un siglo después de morir Demócrito. Epicuro era
un maestro de gran renombre y tenía numerosos discípulos. Su estilo filosófico, el
epicureismo, retuvo su importancia durante siglos. Parte de esta filosofía eran las
teorías de Demócrito sobre las partículas.
Aun así, Epicuro no logró convencer a sus coetáneos, y sus seguidores
permanecieron en minoría. Lo mismo que en el caso de Demócrito, ninguna de las
muchas obras de Epicuro ha logrado sobrevivir hasta nuestros días.
Hacia el año 60 a. C. ocurrió algo afortunado, y es que el poeta romano
Lucrecio, interesado por la filosofía epicúrea, escribió un largo poema, de título
Sobre la naturaleza de las cosas, en el que describía el universo como si estuviera
compuesto de las partículas indivisibles de Demócrito. La obra gozó de gran
popularidad, y se confeccionaron ejemplares bastantes para que sobreviviera a los
tiempos antiguos y medievales. Fue a través de este libro como el mundo tuvo
noticia puntual de las teorías de Demócrito.
En los tiempos antiguos, los libros se copiaban a mano y eran caros. Incluso de
las grandes obras se podían confeccionar solamente unos cuantos ejemplares,
asequibles tan sólo a las economías más saneadas. La invención de la imprenta
hacia el año 1450 d. C. supuso un gran cambio, porque permitía tirar miles de
ejemplares a precios más moderados. Uno de los primeros libros que se imprimieron
fue Sobre la naturaleza de las cosas, de Lucrecio.
Isaac Asimov


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