LINNEO: EL PADRE DE LA CLASIFICACIÓN DE VEGETALES Y ANIMALES (TAXONOMÍA)
La mente científica más influyente en la historia del mundo quizá haya sido la
del filósofo griego Aristóteles (384 a. C. - 322 a. C).
Aristóteles fue probablemente el alumno más famoso de la Academia de Platón
en Atenas. Algunos años después de morir éste en el año 347 a. C, Aristóteles
marchó al reino de Macedonia, en el norte de Grecia, donde su padre había sido
médico de la corte. Allí fue durante varios años tutor del joven príncipe macedonio
Alejandro, que más tarde recibiría el título de Magno.
Cuando Alejandro partió para iniciar su carrera de conquistas, Aristóteles
regresó a Atenas y fundó su propia escuela. Sus enseñanzas fueron compiladas en
lo que casi es una enciclopedia del saber antiguo, escrita por un solo hombre.
Muchos de estos libros sobrevivieron y fueron considerados, durante casi dos mil
años, como la última palabra en el pensamiento científico.
Influyente, pero equivocado
La influencia de las ideas de Aristóteles sobre los científicos posteriores no fue
nada desdeñable, en particular sus teorías sobre la naturaleza del universo, el
movimiento de los cuerpos, etc. Pero lo cierto es que en el campo de la ciencia física estaba, por lo general, equivocado.
Paradójicamente, sus ideas acerca de temas biológicos, que eran uno de sus
puntos fuertes, ejercieron menos influencia. La ciencia natural era su campo preferido,
y dedicó años al estudio de los animales marinos.
Aristóteles no se conformó con contemplar los animales y describirlos. Ayudado
por su claridad de ideas y su amor por el orden, fue más lejos y clasificó los animales
en grupos. Esa clasificación se llama hoy «taxonomía», que en griego significa
«sistema de ordenación».
Todo el mundo tiene cierta tendencia a clasificar las cosas. Salta a la vista que
los leones y los tigres se parecen bastante, que las ovejas se parecen a las cabras y
que las moscas se parecen a los tábanos. Aristóteles, sin embargo, no se conformó
con observaciones casuales, sino que hizo una lista de más de quinientos tipos
diferentes de animales y los agrupó cuidadosamente en clases. Y además, colocó
estas clases en orden, desde las más simples a las más complicadas.
Aristóteles observó que algunos animales no pertenecían a la clase a la que
parecían asemejarse más. Casi todo el mundo daba por supuesto, por ejemplo, que
el delfín era un pez: vivía en el agua y tenía la misma forma que los peces.
Aristóteles, por el contrario, observó que el delfín respiraba aire, paría crías vivas y
nutría al feto mediante un órgano llamado «placenta». El delfín se parecía en estos
aspectos a las bestias cuadrúpedas de tierra firme, por lo cual lo incluyó entre los
mamíferos, y no entre los peces.
Los naturalistas ignoraron esta conclusión, absolutamente correcta, durante
dos mil años. Aristóteles parecía predestinado a ser creído cuando se equivocaba y
descreído cuando tenía razón.
Los naturalistas que vinieron después de Aristóteles no prolongaron su labor
clasificatoria de los animales. Los libros antiguos y medievales que describen animales
los colocan en cualquier orden e ignoran la posibilidad de agrupar los de
estructuras similares.
Los primeros intentos de clasificación después de Aristóteles no vinieron hasta
principios del siglo XVI, y tampoco destacaron precisamente por su rigor. Algunos
autores agrupaban juntas todas las plantas que tenían hojas estrechas, mientras que
otros se atenían al criterio de que tuvieran grandes flores amarillas, por ejemplo.
El primer naturalista que hizo una labor tan meticulosa como la de Aristóteles
fue el inglés John Ray. Ray viajó por Europa y estudió la fauna y la flora; y durante
los treinta y cinco años que siguieron a 1667 publicó libros que describían y
clasificaban las plantas y animales que había estudiado.
Comenzó por clasificar los mamíferos en dos grandes grupos: los que tenían
dedos y los que tenían pezuñas; luego subdividió estas clasificaciones según el
número de dedos o pezuñas, según que los dedos estuvieran armados de uñas o
garras y según que un animal con pezuñas tuviera cornamenta perenne o caduca.
Ray, digámoslo de una vez, restauró el sentido del orden que Aristóteles había
introducido en el reino de la vida.
Una vez que Ray señaló el camino, los naturalistas no tardaron en ir más allá
de Aristóteles. El joven naturalista sueco Carl von Linné publicó en 1735 un opúsculo
en el que alistaba diferentes criaturas según un sistema de su invención. (Hoy se le
conoce más por la versión castellanizada de su nombre, que es Linneo, o por la
latina, Carolus Linnaeus). Su trabajo estaba basado en viajes intensivos por toda
Europa, incluido el norte de Escandinavia, que hasta entonces no había sido bien
explorado.
Linneo describía breve y claramente cada clase o especie de planta y animal,
agrupaba luego cada colección de especies similares en un género y daba
finalmente a cada clase de planta o animal dos nombres latinos: el del género y el de
la especie.
Un ejemplo: el gato y el león son dos especies muy parecidas, pese a que el
segundo es mucho más grande y fiero que el primero; de ahí que ambos
pertenezcan al mismo género, Felis (que en latín es «gato»). El segundo nombre
latino sirve para distinguir el gato común del león y de otras especies del mismo
género. Así, el gato es Felis domesticus, mientras que el león es Felis leo.
Análogamente, el perro y el lobo pertenecen al género Canis («perro»). El perro
es Canis familiaris y el lobo Canis lupus.
Linneo dio también a los seres humanos un nombre latino. Al hombre lo colocó
en el género Homo y a la especie humana la llamó Homo sapiens («hombre sabio»).
El sistema de Linneo se conoce por «nomenclatura binaria», y en realidad es
muy parecido al que utilizamos para identificarnos por nombre y apellido. Dentro de
una familia todos llevan el mismo apellido, pero nombres diferentes. Un hermano
figurará en la guía telefónica como «García, Juan», y otro como «García, Pedro».
La labor de Linneo fue enormemente útil. Por primera vez los naturalistas de
todo el mundo tenían un sistema común de denominaciones para identificar las
distintas criaturas. Cuando un naturalista hablaba de Canis lupus, los demás sabían
inmediatamente que se refería al lobo. Para nada importaban sus respectivas
lenguas maternas ni qué nombre local tuviese el lobo en cada una de ellas. Además,
sabían inmediatamente que sé refería a una clase particular de lobo, el lobo gris
europeo. El americano, por ejemplo, era una especie diferente, Canis occidentalis.
Este sistema común de identificación supuso un avance muy importante. A
medida que el hombre exploró la tierra y descubrió continentes fue hallando cada
vez más animales. Aristóteles había registrado unos quinientos solamente, mientras
que en tiempos de Linneo se conocían ya decenas de miles.
El libro de Linneo sobre la clasificación animal tenía sólo siete páginas en su
primera edición; en la décima se había hinchado ya hasta las 2.500. Si los
naturalistas no hubiesen adoptado un sistema de clasificación normalizado, no
podrían haber estado nunca seguros de qué plantas o animales estaban estudiando
los demás. El estudio de la historia natural se habría sumido en el caos.
De la clasificación por géneros y especies Linneo pasó a agrupar géneros
similares en órdenes, y órdenes semejantes en clases. Linneo distinguió seis clases
diferentes de animales: mamíferos, aves, reptiles, peces, insectos y gusanos.
La labor de Linneo fue proseguida por el biólogo francés Georges Cuvier.
Cuvier vio que las cuatro primeras clases —mamíferos, aves, reptiles y peces— eran
todas ellas vertebradas, es decir que tenían esqueletos óseos internos. A estos
animales los agrupó en una clasificación aún más amplia llamada «phylum» en latín
(«phyla» en plural) y filum o filo en castellano.
Cuvier hizo avanzar la taxonomía en otra dirección más. Los naturalistas
comenzaron a estudiar hacia el año 1800 lo que ellos llamaron «fósiles», es decir minerales
con restos o huellas petrificadas de lo que parecían haber sido seres vivos.
Cuvier advirtió que aunque los fósiles no se parecían demasiado a ninguna especie
existente a la sazón, encajaban de algún modo en el esquema taxonómico.
Así, cuando Cuvier estudió un fósil que tenía todas las características del
esqueleto de un reptil, concluyó que el animal había sido en su tiempo un miembro
de la clase de los reptiles. Por su esqueleto podía afirmarse también que había
poseído alas. Cuvier identificó así el primer ejemplar de un grupo extinto de reptiles
voladores. Debido a que cada una de las alas iba soportada por un solo hueso largo,
como los de los dedos, bautizó a la criatura con el nombre de «pterodáctilo» («aladedo
»).
El camino a la evolución
Los discípulos y seguidores de Cuvier continuaron perfeccionando este sistema
de clasificación. Linneo había agrupado a menudo los animales por su aspecto
exterior. Los seguidores de Cuvier, por el contrario, comenzaron a utilizar como
criterio las estructuras internas, que eran más importantes para fines de
agrupamiento.
Hacia 1805 existía ya un sistema para clasificar todos los seres vivos,
completando finalmente la labor que hacía tanto tiempo iniciara Aristóteles. Toda
criatura, viva o extinguida, podía colocarse en una categoría concreta. Cabía quizás
disentir acerca de detalles menores, pero el plan general fue aceptado por todo el
mundo.
El desarrollo de la taxonomía hizo pensar a los naturalistas. El hecho de que la
vida pudiera clasificarse de manera tan limpia y elegante indicaba que tenía que
haber ciertos principios biológicos que valieran para todas las criaturas, por
diferentes que parecieran.
La clasificación de la vida dio así lugar a la idea de que todos los seres
vivientes estaban inmersos en un mismo y único fenómeno. Y este concepto
conduciría, a su vez, a una de las indiscutiblemente «grandes ideas de la ciencia»: la
evolución de las especies.
Isaac Asimov


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