El Dios de Einstein
Una noche, en Berlín, Einstein y su esposa estaban en una cena cuando uno de los invitados manifestó su creencia en la astrología. Einstein ridiculizó la idea como pura superstición. Otro invitado se levantó y denigró de modo parecido la religión.
La creencia en Dios —insistió— era como una especie de superstición.
En ese momento el anfitrión trató de silenciarle invocando el hecho de que incluso Einstein albergaba ideas religiosas.
—¡No es posible! —exclamó el huésped escéptico, volviéndose hacia Einstein para preguntarle si de verdad era religioso.
—Sí, puede llamarlo así —repuso este en tono calmado—. Trate de penetrar con nuestros limitados medios los secretos de la naturaleza y se encontrará con que, detrás de todas las leyes y conexiones discernibles, sigue habiendo algo sutil, intangible e inexplicable. La veneración por esta fuerza que va más allá de todo lo que podemos comprender es mi religión. Y en esa medida ciertamente soy religioso.


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